MÁXIMO CAYÓN DIÉGUEZ
“Mis soliloquios con San Juan de la Cruz"
I
“...la primera, si no
halla gusto en cosas transitorias.
Busco ese
río que escondido fluye.
Busco una
fuente umbrosa y saludable.
Busco un
venero ameno e insondable
donde el
dolor más hondo se diluye.
Si ese Nilo
ni nace ni concluye
y su agua
avena el prado no mudable,
a ver si su
corriente insoslayable
el barro de
mis alas disminuye.
Si la
obediencia es término y camino,
si los
hombre ignoran su destino
y fuera de
Dios todo es estrechura,
como la sed
abrasa y acobarda,
el alma
enfebrecida sólo aguarda
que la
adentres, Fray Juan, en la espesura.
II
“la segunda, si le tiene
en la soledad y
silencio,
procurando aquello que es más perfección”.
Duros son
los caminos que he cruzado
con
voluntad resuelta de encontrarte
y, aunque
mi voz no cesa de llamarte,
el esfuerzo
baldío ha resultado.
Y me siento
cautivo, abandonado.
Y anublado
los pulsos de esperarte
el sueño se
me quiebra y se me parte
la
esperanza que había alimentado.
Tan ciertas
son estas palabras mías,
como la
noche en medio de los días,
como la
muerte en medio de los días.
Debo
atisbar tus huellas, tu pisada,
y
vislumbrar la luz de la alborada,
pues mi
colmena se halla oscurecida.
III
“...la
tercera, si la meditación o discurso de que
antes le ayudaba, ahora le es
estorbo”.
Si
pudiera, Fray Juan, si yo pudiera
igual que
el ave levantar el vuelo,
el aire
surcaría sin recelo
hasta
encontrar el fuego de tu hoguera.
Mas no
podría hacerlo aunque supiera.
Por ser
fruto de tu huerto me desvelo
y no
consigo alzar los pies del suelo
pues tengo
acelajada el alma entera.
Fray Juan,
me ata la más pungente duda:
Tu palabra
me llega tan desnuda
que mi
corazón golpea con su pomo
y a
celestiales nupcias me convida.
Pero aunque
el alma encuentre la salida,
hallarte sí
pero seguirte, ¿cómo?.