MANUEL TERRÍN BENAVIDES
"Monólogo espiritual desde el paisaje"
Así, Señor,
sencillas y solemnes
son tus
manos fecundas y tus hondas
razones,
como el verso reflejado de este río
dilatado en
su ocaso, como soplo de adelfa
que el
corazón me abulta mientras te hablo en silencio
desde el
firme penacho de la tierra piadosa.
Yo se,
Señor, que estás en todas partes,
hasta en la
incertidumbre de los poetas tristes,
hasta
dentro del agua
que suaviza
con manos temblorosas
los
cabellos del junco, pero sólo consigo
ver tu
totalidad, tu luminosa
totalidad,
tu mundo de silencio tan auténtico,
erguido
como estrofa del paisaje.
Señor: aquí
contigo
cuando
entornan los búhos sus ojos de ruleta,
las
montañas emergen, pardas cejas
de tu
frente infinita, y yo te ofrezco un hombre
realizado y
concreto.
Yo, sobre
la potencia de la tierra fecunda,
siento
ahora besar el prodigio con labios principales.
Pasan
manos de sombra relajada
sobre la
piedra y las humildes rosas
de los
lentiscos: aves
que vuelan
hacia el sur y van dejando
un
sacramento nuevo en la campiña
mientras
tristes vencejos, goterones
de su noche
flotante,
alzan tu
poderío cielo arriba,
allá donde
los sueños de un poeta se salen de la tierra.
Yo se que
nada vale, Señor, este ramaje prodigioso
de la
estructura orgánica, que todo es como un gesto
de tu nunca
entendida indiferencia,
pero estoy
en los pliegues de tu manto redondo y no concibo
la muerte,
ni tu muerte, derrumbe de supremas
magnitudes,
ni la mía tan leve
que ha de
venir cubierta de absoluto silencio.
Todo emerge
total, agradecido
de tu cáliz
inmenso; hasta la hierba
parece
espuma verde de un pensamiento tuyo.
Frente a
frente este día, Señor impresionante.
Estas
criaturas simples que nunca se analizan
conocen su
precisa trayectoria
y yo, que
soy razón, que tengo el alma
sentada en
el pretil del pensamiento,
hoy no
entiendo las causas de la muerte,
de todo lo
que es bello y se rompe cualquier tarde.