que la
madrugada aún estaba lejos,
que
las alas gemelas del miedo y la esperanza
harían
un movimiento ágil y esquivo
que
burlara el pensamiento
de que
tu frente caería
sin
una palabra o queja.
Y te
vas así, sin voz,
bajo
el frío rielar de estrellas,
por el
sendero, ido también,
desmirando el paisaje,
este
paisaje que se nos presenta adusto,
sin
norte, como un papel arrugado
y en
violento claroscuro,
dejando en cada olivo, en cada almendro,
en
cada aulaga,
pequeños jirones de húmedos helechos
y
enhebrada ausencia.
Te
vas,
y me
dejas en el aire nocturno,
con el
dolor de saber que te tuve en mí,
como
tuve tu calor último, tu sombra
en
forma ya de perla.
Y me
pregunto, sin respuesta,
ni tan
siquiera una leve resonancia,
por
qué tus ojos claros, ausentes ya,
no
pude evocarlos en claridad
de un
mediodía,
ni
hubo bronces que tañer pudieran,
ni
pulso que vibrara,
ni un
gesto... ni un solo gesto
de
asombro.
Sólo
un puñado de deseos,
un
sabor acibarado,
un
silencio que arañaba...
Sólo
el pábilo encendido de la pena,
y
lágrimas... lágrimas
para
tu regreso.
Pero
se hizo eterno el abrazo;
tu
abrazo entregado, hilado
a la
ilusión de un nuevo encuentro.
Y se
marcharon las horas,
y no
hay quietud en esta soledad larga
y
oscura.
Mas sé
que estás ahí;
con tu
corazón alfombrado de musgo;
en la
eternidad de las cosas;
con
sólo unas décimas de larga distancia,
y un
remiendo de luz
en
este silencio tuyo,
sobre
las bardas últimas del páramo,
y que
emerge azul y tibio
de la
honda voz de la tierra.
COMO EMERGE ESTE DOLOR
Este
dolor de ave de aprisionado vuelo
que
llevo en la mirada y en mis labios sin nadie,"
( Rafael Morales )
Cómo
empapa este dolor cuando aflora
la
sangre, y moja hierba y piedra viva,
y
siembra noche, gris a la deriva,
extraña luz en brazos de la aurora.
Cómo
emerge de esta mi alma ahora,
temblorosa, voraz, casi furtiva,
la
hiriente voz, en su clamor cautiva,
y en
este lar que la ansiedad implora.
¡Por
qué te alzaste al infinito vuelo,
al
lento ocaso de ancestral espuma,
al
quieto instante del azul del cielo!.
¡Por
qué te llama Dios, y con develo,
niega
la luz el sol, el mar la bruma,
y
arranca de mi pecho el desconsuelo!.
INAGOTABLE LUZ
Tibia
ya la luz por mi ventana,
como
el amanecer,
vuelves a renacer inagotable,
entre
los rayos de tu anegada
claridad.
Te
encuentro fugaz, casi furtivo
en el
vientre azul del universo.
Duele
el gorjeo de las aves
en su
vuelo irregular sobre la higuera,
como
duele la lengua prensil del musgo,
que
separa mi mano de tu cuerpo
irremediablemente ausente.
La
memoria, mi memoria,
inventa cada día tu mirada,
tu
sonrisa,
tu
palabra delgada y suave,
como
suave mariposa.
Y en
esos fragmentos que aún quedan
en la
oscura raíz del sueño,
busco
mi llanto
que se
rompe y se disuelve
en las
alas frías del aire.
ABRIL EN LA TARDE
Se
sustentan las horas
de
solaz melancolía.
Abismo
entre tu voz
y mis
labios.
Van
desovillando el silencio
los
peldaños de la sangre,
dibujando un tragaluz
por
donde dejar salir las palabras
hacia
ti sublimadas. Sutiles palabras,
invictas, izadas en el mástil
siempre tuyo del silencio. Silencio
abacial, casi místico,
donde
los rumores se acallan,
y las
hojas lloran
con
serena mansedumbre.
Pasa
la tarde doliente y lábil.
Tañe a
lo lejos la campana
invitando al Sagrado Ágape,
al
rito solemne del Pan Ácimo
y de
la Vid, que estalla
en
llanto de racimo.
Y
resbala la tarde en mis pupilas,
y
rompen alas de sombras emboscadas
las
espadas del ciprés,
y
reducen mis pasos sobre el frío
que
implora tu nombre
a las
cenizas.
Pasa
la tarde doliente y lábil.
Derrama pentagramas
de
oscuras sinfonías.
Y yo,
que busco arenas anónimas
donde
poder enjugar esta invisible
marea,
recojo temblorosamente
tu
recuerdo, y tu aliento
entregado y último.